Aliwenko Vega no podía dormir bien. Tampoco pudo esa noche. Con enfado se salió de la cama, lanzó unas cuantas cosas al suelo, y luego hizo como si nada hubiera pasado, y se puso a bañar. En su mente oía voces que lo amedrentaban. Sintió la urgencia de salir de su casa, se fue a caminar por las cercanías. Todo parecía más nublado en esa mañana.
Josefina había dormido bien. Se levantó con muchos ánimos, extrañamente el despertar le pareció algo menos amenazador y mucho más amable... Quizás se había acostumbrado a lo monótono de su vida. Se duchó, desayunó con su hija, le deseo un buen día, y se dirigió hacia su trabajo como siempre lo hacía. Como en un día normal.
Apolo despertó adolorido. Se había quedado dormido en el sofá. Sin hacer mucho ruido, se preparó unos huevos fritos y los acompañó con pan tostado. Después la comida le dio asco y prefirió ver algo de televisión para hacer pasar el rato. Sintió que su celular sonaba pero no lo pudo encontrar. Estaba en alguna parte del sillón, quizás debajo. ¡La hora! ¡Era tarde! Primera vez que iba a llegar tarde... y lo pensaba esto como si hubiera estado trabajando en el mismo colegio desde hace años.
Matías estaba en el paradero, list para tomar el bus que lo llevaría al colegio. De pronto, por un extraño impulso, se acercó hacioa la orilla de la vereda, como sintiendo que su amigo Tomás lo estaba llamando. ¿Dónde estaba Tomás en esos momentos? ¿Estaba en el Cielo del que le había hablado su madre? Su mamá no lo había acompañado a tomar el bus ese día, lo habían mandado solo. Lógico, él ya estaba grande... Eso le habían dicho. Debía ser cierto.
Aliwenko vio entonces a ese mismo muchacho que veía en sueños, veía al futuro asesino de niños que sin piedad quería repetir la masacre del Svante Arrhenius, ¡como si con 32 muertes no fuesen suficiente! ¡Como si la muerte de su padre, la muerte de su madre y todas las demás víctimas, la muerte de los hermanos Gutiérrez, y del Chocolate, no fueran suficiente tragedia para una sola vida! ¡Pura mierda! Bazofia a por montones. Ese chico sí que merecía morir, él sí que era una amenaza.
-Hola, ¿te acuerdas de mí?
-Ah... eres el señor que estaba el otro día en la estatua. ¿Quiere ir al colegio de nuevo?
La congestión vehicular era insoportable, unos carabineros hacían circular a los vehículos por vías alternativas, pero el proceso era muy lento y casi imperceptible. Apolo, cegado por una necesidad extraña de enterarse qué es lo que había sucedido, caminó decidido pero preocupado hacia el lugar donde había ocurrido el accidente. Era un atropello. Otro chico había sido atropellado, no había necesitado verlo para intuirlo desde la lejanía. No podía acercarse, no debía, pero lo hizo. Lo detuvieron, sin importar que dijera que conocía a la víctima. Vio el uniforme que tenía, la mochila, la sangre. “Es Matías, es Matías” decía sin oírse, el ruido era insoportable. Tan insoportable. No pudo adelantarse a su propio derrumbe emocional, sucumbió ante la impotencia de la situación cruel que estaba evidenciando.
-¿¡Por qué está en el suelo!? ¿¡Por qué no ha llegado la ambulancia!? – preguntaba a gritos Apolo, lleno de una combinación de ira con fracaso en su sangre. Fracaso por sobre todo.
-Ya viene en camino ya. Viene en camino. – Respondió uno de los sujetos que lo sujetaba con fuerza para que no se acercara.
-¡Soy su psicólogo! ¡Soy su psicólogo! Es intento de suicidio ¡Lo sé, lo sé!– decía en voz alta, para hacerse oír. Pero nadie parecía prestarle atención a sus palabras. Apolo se quedó observando con espanto la figura caída, atado a su imposibilidad de acción. Reconocía con dolor que el niño estaba solo en esos momentos, justo cuando necesitaba a alguien a su lado que le tomara la mano para dejarlo sentir que seguía con vida. Justo cuando necesitaba más apoyo, ¡y él no podía dárselo! Fue entonces, inesperadamente, que Apolo entendió todo el sucio juego en el que había caído. Lo entendió mientras veía marcharse a la misma persona que había estado en el colegio días atrás, y que de paso había demostrado tanta aversión hacia el pequeño. ¿¡De que servían los psicólogos, entonces, si el niño estaba allí muriendo y seguría muriendo estando él presente!? ¿¡De qué servía un psicólogo ante la crueldad, ante el abandono, ante la eterna injusticia!? ¡No había ningún sentido en todo eso! ¡Ningún alivio, ninguna dignidad!

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