Pensamiento... Emoción

-¿Juguemos, Tomás? Ya poh, juguemos. Tengo ganas de jugar - decía, con molesta insistencia, Matías, mientras su compañero observaba desde su asiento al resto del limitado mundo que lo rodeaba a su alrededor.
-Estoy pensando en algo importante, Mati, estoy pensando... Después jugamos y te presto el PSP si quieres, pero ahora déjame descansar un rato - pidió Tomás.
-¡Pero Tomás! ¡El recreo! ¡El recreo ya se acaba!
-Se va a acabar si tú deseas que se acabe... Ahora déjame aquí, déjame solo - le dijo el muchacho, quien asumiendo una postura sapiente, comenzó a hacer anotaciones en el cuadernito que llevaba. Matías se fue a jugar con un pequeño auto, pero cerca de donde estaba su amigo, jamás se iría lejos. Jamás se iría lejos de su compañía, quedarse sin nadie con quien hablar era un temor demasiado grande como para arriesgarse. El apego que tenía el pequeño hacia ese chico que iba en un curso más alto que él les parecía a los docentes altamente extraño, pero como así se libraban de las molestias del niñito hiperactivo, mucho mejor para todos ellos. La falta de preocupación resulta alarmante.

Tomás estaba perfeccionando su plan en esos momentos. Era su "plan maestro", como él solía decirle en secreto. Nadie más que él lo conocía. Mientras el resto de sus compañeros de curso vivían distraídos en sus propios mundos vacíos, él prefería crear o inventar distintos juegos con los que poder divertirse junto a su amigo. Sin embargo, este nuevo plan no era ningún juego de niños, se trataba de algo mucho más ambicioso. Era la recreación de la masacre que había ocurrido en el colegio hacía 10 años atrás. Un homenaje. No sabría especificar qué era lo que lo atormentaba tanto como para querer llevar el arma de su padre y disparar a sus compañeros, pero su pésima habilidad para relacionarse con sus pares, y el constante abuso que sufría por parte de otros chicos de la escuela, podrían parecer a simple vista unas variables posiblemente vinculadas a ello. Para Tomás, Matías era el único chico que valía la pena, el único que no resultaba hostil y más bien le parecía simpático, y era por eso que prefería no involucrarlo en el tiroteo. Era su amigo, no quería hacerlo caer al abismo junto consigo. Matías todavía tenía oportunidades en la vida. Para Tomás, las suyas se había agotado.

El memorial a los fallecidos en la masacre del Arrhenius brillaba en la cercanía. Tomás miraba los nombres de los atacantes, y en secreto juraba fidelidad a una causa que no sé si alguna vez existió. Quería ser uno de ellos, quería ser un héroe silencioso. Quería ser el protagonista de esa historia que se estaba forjando. No quería pensar en consecuencias negativas, no quería pensar en el futuro. ¿Era su decisión una especie de juego macabro? ¿Era la culminación de su creatividad? ¿Pero por qué tan joven? ¿Por qué un asesino?

Porque se lo merecían.

¿Se lo merecían?

-¿Tomás?
-¿Sí?
-¿Quieres matarlos a todos? - preguntó el Mati.
-¡¿De qué estás hablando?! - exclamó con miedo el Tomás, observando esta vez al chiquillo que estaba delante de sí. El pendejo sabía todo, ¡lo había descubierto! ¿Pero cómo?
-Leí tu cuaderno el otro día. Te lo saqué para dibujar. Creí que era una de tus historias... pero era algo mejor... Yo quiero jugar a eso, ¡quiero disparar como salía ahí! ¡Quiero disparar!
-¡Por la mierda, Matías! ¡No tenías que haberlo leído! ¡No debías! - exclamó, alterado, el muchacho. -¡¿Qué voy a hacer ahora?! ¡¿Qué voy a hacer?!
-¡Pero Tomás...!
-¡Cállate! Juega solo, debo irme de aquí. No quiero que te vuelvas a acercar a mí, ¿oíste? - Tomás se marchó. Matías quedó irremediablemente destruido.

En los días siguientes Tomás comenzó cada vez más a sumergirse en su propio mundo. ya ni siquiera conversaba con su amigo. Pasaba solo durante todo el día, ni con su fmailia quería intercambair unas cuantas palabras. Ya le parecía inútil cualquier intento de comunicación. Se encerró en sí mismo y terminó perdiéndose.

El día en el que ocurrió la tragedia él se presentó puntual en el colegio, igual que siempre. Hizo todo lo que se le pedía, incluso trabajó exitosamente con sus compañeros en una dinámica de grupo que servía para afianzar lazos. Ninguna palabra con afecto, sólo acción tras acción. Como una máquina, sin ninguna sonrisa anduvo todo el día simulando que se preocupaba por el resto. Algunos encontraron que era mucho más simpático, incluso tuvieron la ingenua idea de que el más perno del curso estaba intentando cambiar. Pero él ya se había rendido desde hace tiempo. Aún así, el chico no se había ido del todo. Sin que Matías supiera, fue hacia su sala y le dejó una nota en uno de sus cuadernos, para que la leyera algún día cuando todo hubiera pasado como una mera anécdota entre muchas. Eso nunca sucedió. No hubo remota posibilidad de contacto entre ambos. No hubo perdón, aunque no era necesario, Tomás nunca había dejado de ser el ídolo del más pequeño. Era como un hermano para él.

Con temor, Tomás caminó acercándose cada vez más hacia la calle, alejándose del centro de la vereda. La pulsión era inevitable, si una idea se le metía en la cabeza debía llegar a término. Quizás no podría desquitarse contra la vida, pero sí quería marcarle un fin cuando llegara el momento. Ese era el momento. En un principio había pensado en lanzarse desde un edificio, pero por alguna razón le apreció que la idea ya estaba repetida y que mejor debía hacer otra cosa. Por eso estaba allí, a punto de cruzar la peligrosa selva, sabiendo que no alcanzaría a llegar al otro lado. En su mente resonaba la frase que había guardado para su pequeño amigo, el pequeño
príncipe incomprendido. El único afán de trascendencia que le quedaba reposaba en esa frase. Trágico es el olvido. Trágica la resolución de matarse, teniendo apenas 12. Se sumergió en el mar de esmog y polvo, alcanzó a levantar sus manos de forma enigmática, como clamádole al cielo, antes de que fuera azotado por el impacto. Supo que eso había sido lo mejor que pudo haber hecho, mientras su cuerpo maltratado flotaba por los aires tratando de fundirse con los astros.

25/11/08

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