Memoria

Aliwenko Vega no podia dormir bien. Estaba obligado a mantener los ojos bien abiertos durante la noche. Sus sueños lo inquietaban demasiado, prefería tener pequeños lapsos de descanso y luego despertarse, aunque eso ya lo estaba matando de a poco. Esas imágenes que iban y venían... imágenes de muerte, de sangre, de tragedia... Aliwenko reconoció en esas imágenes experiencias propias de su adolescencia. Eran recuerdos. Aliwen estaba recordando lo que había ocurrido en la masacre de su colegio cuando iba en Cuarto Medio, la masacre del Svante Arrhenius. Durante todos esos años, se había engañado con la idea de que la muerte de su padre, y la de sus compañeros de la escuela, había sido superada exitosamente durante los años posteriores, pero nunca había sido así. Todavía podía oír el ruido de los disparos en sus oídos, sentir a su lado las respiraciones agitadas de sus amigos ocultos debajo de los pupitres, el sonido de la muerte, el olor de la sangre desparramada. Todo era un conjunto doloroso que seguía visitándolo durante las noches, rematado por el encuentro súbito con el cuerpo de su padre tirado en el suelo, con el cuerpo destruido por el disparo de una escopeta. Nunca lo había visto a él en verdad en ese estado, pero sabía que había sido así de desagradable. El viejo había muerto, había muerto haciendo clases como tanto le gustaba... Ya se había ido, y aún así no podía olvidarlo, así como tampoco podía olvidar la muerte de su madre que aconteció tiempo después. Aún así, con ella había sido distinto, con ella se había reconciliado... Quizás eso le faltaba con la figura de su padre, enfrentarse cara a cara con ese recuerdo, y finalmente aceptarlo como algo que pasó, y que era hora de dejar atrás. Debía ir directo a ese encuentro con su pasado, debía ir al colegio Svante Arrhenius para solucionar su conflicto interno.

Bien temprano en la mañana, apareció Aliwenko en el colegio donde había estudiado sus dos últimos años de Enseñanza Media. Allí estaba el Svante Arrhenius, casi como si fuera intocable por el tiempo. Aliwen había llegado con la intención de ver cambios, pero sintió que estaba parado en su propio recuerdo, con la misma gente, con el mismo diseño. Por supuesta que dicha impresión no era del todo acertada, muy pocas cosas dentro del colegio seguían siendo las mismas que hacía diez años, pero no le pidan presición a un sujeto atormentado. Apenas había cruzado un poco de la parte delantera del colegio, y se sintió cansado por tanta imagen dolorosa que surgía desde dentro, así que decidió sentarse en una banca que había por allí cerca, para ordenar su mente un poco. Reconoció en los estudiantes que conversaban por allí sentados en el césped, a sus propios amigos, y a la mujer gorda que caminó cerca de él, a la misma directora que había estado durante los años en los que estudió en ese lugar. Le extrañó que nadie le reconociera como ex alumno dentro de un ambiente tan familiar, incluso había tenido que decir en la entrada que era un apoderado que iba a conversar con un profesor con el que había sido citado, había tenido que mentir para que le dejaran pasar, ¿cómo podía ser eso posible? Además, él era un escritor, había ganado un premio, su libro había sido famoso... ¡¿Por qué nadie lo podía saludar, y darle sus condolencias?! ¡¿Por qué nadie...?!
-¿Está esperando a alguien? - preguntó de improviso un sujeto que se había sentado a su lado.
-No... no... yo sólo - trataba de responder, vacilante, Aliwen - yo sólo soy un ex alumno de este colegio. Vine a visitarlo para ver cómo estaba después de tantos años. Me llamo Alejandro.
-Ah, hola Alejandro. Mucho gusto. Yo soy nuevo en este lugar, soy psicólogo educacional. Me llamo Apolo - agregó cordialmente el sujeto. Aliwen pensó entonces que debió haber sospechado desde antes que se trataba de un psicólogo, por ese aspecto que tenía de sujeto bonachón pero entrometido, pero había sido la corta edad del tipo la que lo había distraído.
-Yo conocí a un Apolo hace mucho tiempo... - señaló Aliwen, sin saber qué más agregar a la conversación.
-¿No era acaso un personaje de tu novela? ¿Uno de los hermanos que sufría xerodermia pigmentosa? - preguntó, astutamente, el psicólogo.
-Ese chico existió en verdad... No era un invento. Yo puse que estaba basado en hechos reales en la primera página... - respondió Aliwen, sin querer hacer referencia al hecho de que lo habían descubierto respecto a su identidad.
-Todos ponen lo mismo... Pero qué más da, real o ficticio, todo pertenece al mismo orden de las cosas... - Ambos se quedaron en silencio por un rato. -Alejandro, ¿viniste a buscar algo en particular? - tuvo que preguntar Apolo.
-Yo... yo quería ver cómo estaba el colegio ahora. Tú sabes, yo estuve en... en ese año... y...
-No te preocupes, entiendo a lo que te refieres. Si quieres te acompaño a recorrer el colegio - propuso el psicólogo, fingiendo amabilidad.
-No, gracias... sólo quiero quedarme aquí un rato. Yo solo - añadió Aliwen, con tono cortante.
-OK, te dejaré solo. Pero si necesitas conversar con alguien, bueno, creo que sabrás donde está mi oficina... debe ser la misma oficina desde hace años. Que estés bien, Alejandro. Un gusto haberte conocido - fue lo último que dijo el psicólogo antes de irse, dándole especial énfasis al nombre que había inventado Aliwen.
-Chao, Apolo...

La escultura en honor a los fallecidos tenía un aire de nostalgia impresionante. Se notaba que el colegio se había esmerado en demostrar que el dolor había sido real. Allí aparecían los nombres de cada uno de los afectados. También salía el nombre de los que habían disparado... una ofensa inmensa (por suerte se notaba que algunas personas con conciencia habían querido borrar esos nombres de cualquier modo, ya que casi se hacían ilegibles). Al final aparecía "Juan Carlos Peña" anotado entre las víctimas, algo que coronaba el absurdo. Estaba allí muy ensimismado Aliwen leyendo los nombres, cuando un niño llegó sin previo aviso a ese lugar, interrumpiendo toda concentración con sus ruiditos extraños que hacía con la boca, como si estuviera disparando con una pistola ficticia.
-Hey, eso no es gracioso - le dijo Aliwenko, para corregir su extraño comportamiento de niño imbécil que no tiene respeto hacia los demás.
-Te estoy disparando. ¡Bang, bang! Si yo fuera un asesino, estarías muerto. ¿Cómo no va a ser divertido disparar? Es mejor que andar corriendo como tonto, o jugando con autitos estúpidos como los demás... eso sí que es aburrido. - El chico siguió jugando disparando a los que se encontraban en la lejanía. Se notaba que no era un chico normal, eso estaba seguro. Tenía cara como de tonto.
-¿Por qué mejor no te vas a jugar a otro lado? Estoy ocupado... - le sugirió al pequeño, con molestia, Aliwenko Vega.
-No estás haciendo nada importante, sólo estás sentado allí viendo esa estatua. Eso no es importante, estás perdiendo el tiempo - le contestó el chiquillo malcriado. En ese instante ya Aliwen ardía de ira.
-¿Cómo se te ocurre decir eso? ¿Que no es importante esto? ¿Que no es importante recordar lo que sucedió acá? ¡Eres un niño desconsiderado! ¡No tienes idea de lo que estás hablando! Sólo eres un niño tonto, un niño sin amigos que anda disparando con una pistola invisible. ¡No eres nadie! - gritó con enfado Aliwen. El chico quedó impactado, como si la ofensa hubiera llegado a lo más hondo de su alma, o al menos a lo más hondo de su existencia.
-Oye, no deberías tratarlo así - impuso una voz, la del psicólogo, que se venía acercando al memorial. -No le hagas caso, Mati. Tú sabes que no eres tonto, ni nada de eso. Este hombre está triste porque perdió a unas personas muy queridas en esa tragedia, de la que habla la escultura, no se siente muy bien, es por eso que reaccionó de esa manera. ¿Por qué mejor no te vas a la sala? Las clases están a punto de empezar... - el chico asintió, con algo de miedo en sus ojos. El miedo pronto se tranformó en rabia cotra ese extraño que se había atrevido a levantarle la voz.
-Mi amigo Tomás siempre hablaba de lo que pasó ese día. El me dijo que quería repetirlo pronto. Yo no entendía bien de lo que hablaba, pero le prometí que lo iba a ayudar. Lo haría, lo haría mil veces de nuevo, porque los demás son tontos, ellos son los tontos, no yo. No yo - soltó el muchacho repentinamente, antes de irse a la sala. Aliwenko quedó indignado, Apolo tuvo que contenerlo para que no hiciera algo inapropiado contra el pequeño.
-Tiene un tipo de SDA/H. Tienes que entenderlo, puede ser un poco precipitado para sus cosas - trató de defenderlo el psicólogo, para quitarle culpa al chiquillo. Pero las cosas no se podían minimizar así de fácil, ese tal "Mati" era un completo peligro para la sociedad.
-Ese niño es un antisocial, debería estar en un colegio para enfermos. Me voy de aquí, no tolero más este circo - agregó Aliwenko Vega. Estaba sumamente molesto. Había ido al colegio a buscar paz, y lo único que había encontrado era que las cosas seguían estando iguales. Seguía existiendo incluso la misma amenaza. No podía tolerar eso, debía hacer algo al respecto cuanto antes. "Este mundo está lleno de gente que no vale la pena. Gente que quiere hacer daño, gente que no se adapta. Siempre va a ser así, hay que hacer algo, hay que detener a todos estos maniáticos que andan sueltos..." se decía a sí mismo, mientras aguardaba el bus en el paradero. La espera se hacía interminable.

15/11/08

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