Josefina disfrutaba ir todos los días, antes de irse para su casa después del trabajo, a una plazuela que quedaba cerca de la playa, y desde donde se podía disfrutar del mar en su plenitud. Podía verlo, podía oírlo, y podía tocarlo con las pequeñas gotitas de agua que caían en su rostro, casi sintiéndose congelada al bañarse por su inmaculada belleza de mar agresivo y sin moral alguna. Todos los días iba, sin falta. Excepto ese. En aquel día, Josefina anduvo en su auto durante horas, circulando inútilmente por distintas calles por las que nadie importante iba pasando, para luego detenerse, abandonar su auto, y dirigirse a su casa a pie. Al llegar allí, se encontró a su hija utilizando el computador y almorzando a la vez, mientras veía unos estúpidos videos por Internet (que solo adolescentes sin una pizca de madurez podían ver con tanto entusiasmo). Comúnmente se enfadaría con esa falta de buen juicio por parte de Danielita (uno se supone que almuerza en la mesa, no en los lugares donde se está destinado a trabajar), pero aquel día ni siquiera le dirigió la palabra, inclusive cuando ella le preguntó qué hacía allí tan temprano, y por qué no se encontraba en el trabajo como de costumbre, la mujer simplemente prefirió guardar silencio e irse a refugiar en su dormitorio. No salió de ese lugar en toda la tarde.
Al anochecer, consideró que era hora de enfrentar la verdad. Encendió el televisor decidida, pero los noticieros nocturnos no comenzaban aún a transmitirse. Se tranquilizó por unos segundos, luego la dolorosa idea de que su nombre aparecería en las pantallas de todo Chile en algún instante ocupó su cabeza y no la dejaba en paz. Se comenzó a preguntar si acaso su nombre iba a estar inscrito con letras blancas o rojas, pero se dio cuenta de que esa había sido la duda más estúpida que había tenido en toda su vida (incluso más estúpida que su duda acerca de la felicidad de los perros). Era obvio que las letras serían rojas, como en sus peores pesadillas, eso estaba seguro. La única forma posible de escapar de ese infierno sería desaparecer de cualquier tipo de existencia, pero eso le parecía irrealizable. Aún así, lo mejor que podía hacer era marcharse de ese hogar, para no manchar el honor de su familia. Al menos así podía prolongar lo inevitable.
Imagínense cuán sorprendida se puso al toparse con el chico, al mismo chico que había alcanzado a ver unos segundos antes de que la tragedia aconteciera en la mañana, allí, cerca de su casa, como esperándola. El muchacho murmuraba algo, Josefina estaba desesperada porque no podía entener ni siquiera un ápice de lo que estaba pronunciando. Sólo podía ver un movimiento de labios, nada más que eso. La situación era pura incoherencia en su estado más sólido, pero eso la hizo sentir más segura. De alguna forma había traspasado el umbral de la realidad, al fin podía librarse de cualquier condena, cualquier juicio posible que pudieran hacer contra ella cualquier malintencionado e ignorante. Le bastó ver una sonrisa en el rostro del niño, para saber que todo el infierno había pasado. Era un gesto de perdón absoluto.
Cuando el noticiario había empezado, Daniela, la hija, contempló con horror la imagen de su madre en el televisor. Las letras que aparecían en la parte de abajo de la pantalla eran blancas, con un fondo rojo, y la palabra "culpabilidad" se podía leer entre líneas. El rostro de Josefina aparecía ideal para la ocasión, frío, lúgubre, casi malicioso, como si el accidente que había ocurrido hubiera sido la única razón de su amargada existencia. Como si la muerte de ese niño pequeño al que había atropellado la aguardase desde hace siglos.

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