Allí estaba, el Colegio Svante Arrhenius, en frente de sus ojos. El sitio tenía toda su historia, hace poco una tragedia había sacudido el lugar, dejando un ambiente muy tenso y agotador. Lo que menos quería la gente era toparse con otro grupo de estudiantes que fuera capaz de asesinar al resto de sus compañeros. Para Apolo, ese sería su primer trabajo en serio, así que no quería estropear nada. Temía que podía encontrarse con alumnos llenos de problemas debido a ese ambiente opresivo que había observado de inmediato, pero por sobre todo, debido a las grandes exigencias académicas del colegio, que eran reconocidas dentro de toda Viña del Mar. Casos de estrés iban a estar por montones. Pero todo era tratable, no debía intimidarse. Estaba preparado para ello. Claro que no pensó que ya el primer chico que le presentaran, sería un dolor de cabeza tan rápido. Déficit atencional con hiperactividad, ¿algo podía ser más desquiciante que eso? En ese instante comenzó a dudar por centésima vez si acaso ser psicólogo había sido la decisión correcta, aunque debido al insistente ruido causado por el alboroto del muchacho la duda no fue planteada del todo, quedó como una duda a medias.
-Entonces, Matías… aquí no dice mucho sobre ti en este papelito.
-El tipo anterior era un idiota. No sabía hacer nada, no sabía hacer nada. Yo sé dibujar. ¿Quieres un dibujo? Ah, mira, le gusta volar. ¡Brrrumm! – hacía imitando un ruido… un ruido motorizado, moviendo en el aire un juguete que había traído consigo. El dibujo había quedado abandonado en un segundo, ¡qué desastre! La hiperactividad no era algo que le agradara mucho a Apolo, especialmente tomando en cuenta que detestaba que desordenaran su orden establecido al momento de instalarse y hacer suyo un lugar. Ante sus ojos, el comportamiento de Matías era sumamente detestable, y eso que estaba preparado para soportar cosas mucho peores.
-El otro señor que estaba acá antes dijo que yo no era tonto, que le iba a hablar a mis papás para que no me dijeran así. Pero eso nunca lo hizo. O tal vez lo hizo, no sé, pero a ellos no les importó. –balbuceaba, rápidamente, Matías, mientras se desplazaba dejando un caos a su paso. Comenzó a jugar con las cosas que tenía Apolo encima del escritorio.
-¿No te tratan bien tus papás, Matías? – preguntó el psicólogo, de una forma tal que parecía más preocupado de que se fuera lo más pronto posible el chiquillo, en vez de estar realmente inserto en la situación. – Bueno… quizás yo pueda hablar con ellos en algún momento. Pero ahora tengo que hacer algo…
-Ah, ya… Mira, hice un dibujo – agregó, entusiasmado, el chico, mientras le extendía una hoja con una figura amorfa en ella.
-Oh… gracias, Matías. Es un lindo… un lindo dibujo. – murmuró el psicólogo. –Matías, ¿tomas algún medicamento para tu enfermedad? Porque es sumamente necesario que...
-¿Estoy enfermo? – preguntó, con inquietud, el muchacho, mirando a Apolo como asustado. Apolo no supo qué responder. ¿Lo estaba? ¿Estaba enfermo?
El trabajo con Matías fue lento y extenuante. Todos los días recibía una visita de él en su oficina. Pronto se acostumbró a su presencia, y se empezó a interesar en su caso. Se comenzó a involucrar en serio. Ver a Matías le recordaba su infancia, pero notando de inmediato las diferencias que tuvo él en su pasado, un chico muy aburrido que prefería estar horas y horas viendo televisión antes que jugar lleno de excitación con sus juguetes, en comparación con la alma llena de vida del pequeño chiquillo. Eran diametralmente opuestos, pero eso conseguía establecer una conexión aún mayor con su historial personal. Había un peligro latente en la vida de Matías. El chico estaba deprimido. Algunos factores, como la incomprensión de sus profesores, la intolerancia de sus padres, y el abuso de algunos de sus compañeros, empeoraba la sensación que tenía el chico de que había algo muy mal dentro de él que lo hacía inferior al resto (una creencia que se veía alimentada negativamente por todos esos influjos externos).
Apolo se preguntaba habitualmente si la permanencia de Matías dentro del establecimiento dependía exclusivamente de sus habilidades como psicólogo (y si acaso lograba disminuir el constante descontrol del pequeño dentro del aula), o si existía un verdadero compromiso por parte de la Dirección del colegio hacia su caso particular. La respuesta que le parecía la más cercana a la realidad, era que efectivamente de lo único que se preocupaban era de que el chico cambiara, que s epusiera "mejor" gracias a su participación activa como reformulador de comportamientos autorizado. Cuando veía cómo los demás compañeros de Matías solían abusar de él, y marginarlo de las actividades de recreación diarias, le irritaba la falta de preocupación del colegio frente a su bienestar como alumno. Pareciera que infravaloraban al muchacho. ¿Lo veían siendo molestado por sus pares, o lo único que veían era un poco de sumisión necesaria dentro de aquel enfado que significaba tener un estudiante así de inquieto, como si mereciera alguna especie de castigo? Esa falta de ética le hacía sentir que el mundo se estaba cayendo a pedazos. Lo querían distinto, lo querían aplastado. Querían quitarle la vitalidad de sus ojos.
-¿Qué pasa si está bien siendo como es? – preguntó de improviso Apolo a su novia, mientras estaban cenando una comida de esas que envían a domicilio. Susana lo miró perpleja, desconcertada por el brusco cambio de tema que había hecho súbitamente. Había vuelto a suceder. Apolo siempre evitaba hablar de la necesidad de afianzar su relación, estableciendo un compromiso “más serio”, justo cuando ella trataba de instalar sutilmente la conversación. -¿Qué pasa si Matías no es el problema, y son los otros? ¿Si no es él, y es el mundo?
-De nuevo hablando de ese niño… ¿No deberías guardar los problemas de tus pacientes en tu propia oficina? Te hace mal centrarte tanto en eso… deberías soltarte un poco – comentó, molesta, su novia, mientras dejaba de lado el plato del que había estado comiendo hacía unos segundos.
-Debo centrarme en ellos… Debo preocuparme por cada chico que llega a pedirme ayuda. Porque son más que pacientes... Si no fuera como soy, la psicología sería más deshumanizante para mí que lo que ya es.
-¿Por qué me tienes que cambiar el tema, Apolo? – preguntó, levantando la voz y denotando su molestia, Susana. -Yo te hablo de lo lindo que es casarse, tener hijos, formar una familia como cualquier otra pareja que ha estado junta tanto tiempo… ¡y me vienes con tonterías de que está bien ser enfermo, y andar como tonto molestando a todo el mundo sin aprender nada en las clases! ¡¿Qué te está pasando?!
-Tal vez no necesita saber esas cosas. Tal vez él, él sólo necesita comprensión, y un trato distinto… – dijo Apolo, perdiéndose, alejándose de la discusión, sumiéndose en la más profunda desesperación de no saber qué responder de forma certera. Porque ya no había palabras, ya no había conceptos que pudieran cubrir el vacío.
-¿Te das cuenta de lo que me estás diciendo? Son huevadas, puras huevadas. ¡Ese chiquillo, y cualquier otro chico con problemas, no podrían sobrevivir entonces si los dejáramos así como si nada! ¿Quieres un criadero de anormales moviéndose por la vida sin hacer algo productivo? Si quieres aburrirme con discusiones tontas, entonces dímelo así, de una vez: “Sabes qué, Susy, te quiero aburrir con cuestiones tontas”, o “Susy, me creo una especie de genio incomprendido, así que te voy a hablar de que la sociedad está mal”. ¡Como si no hubiera ya suficiente basura que habla sobre eso! – Apolo contemplaba la copa que había sobre la mesa, viendo a Susana a través de un reflejo que se formaba en ella. No quería mirarla. No quería verla.
-Yo… estoy cansado, Susana. Estoy cansado…
-¿Y qué pasa con mi cansancio? –Replicó, de inmediato, ella – ¿Me lo trago?
Apolo se quedó solo en la mesa. Sacó un pedazo de pollo con el tenedor, y se puso a comer, acompañado del silencio imaginario que se había formado. El pollo había perdido el sabor, como si el instante mismo se fundiera con su paladar. Es que era irreparable. Todo se había vuelto irreparable desde ese mismo instante.

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