Devenir

Aunque la puntualidad era una de sus virtudes más preciadas, aquel día estaba llegando varios minutos atrasado al trabajo. El bus no avanzaba. Aprovechando el rato libre que tenía en esos momentos de espera (y ya que no podía hacer nada más), se dio el lujo de comenzar a pensar sobre la posibilidad de comprarse un auto de una vez por todas. Había evitado el tema desde hace mucho tiempo, pero en ese momento no tuvo más remedio que ceder ante el impulso incontrolable de su mente clamando velocidad a gritos. Comenzó a recordar aquellos titánicos discursos que soltaba su padre haciéndole ver que era necesario para un profesional joven como él tener un medio de transporte propio por el cual movilizarse, no acudir a la vulgaridad de los microbuses o los metros, que eran centros de acumulación de gente común y corriente. Esos viejos discursos trajeron consigo el remordimiento de no haber ido a visitar a su padre desde varios meses, y aunque se lo tuviera bien merecido el viejo, le parecía preocupante el hecho de que no supiera siquiera si seguía vivo o muerto, lo que resulta ser el requisito mínimo que uno necesita aprobar para alcanzar el grado de hijo más o menos decente. “No he tenido tiempo”, se excusó dentro de sí una voz que parecía difuminarse junto al ruido del tráfico estancado en la avenida.
-¿Pero por qué tarda tanto? – preguntó molesto Apolo al sujeto que conducía el microbús. Vomitó las palabras de improviso, sin reparar en ellas lo suficiente como para canalizar aquel tono de enfado que alcanzó a transmitir.
-Parece que hubo un accidente. Vamos a estar aquí para rato – aclaró el chofer, mientras bebía un agua mineral que había sacado quizás de dónde.
-¿Un accidente? – Un extraño presentimiento se le vino a la cabeza. ¿Otro accidente? Y era en esa misma calle además... -¿Puede abrir la puerta, por favor? Me quiero bajar aquí – dijo Apolo, esta vez con una voz algo más cordial, aunque aún era notable cierto nerviosismo latente.
-Pero este no es paradero…
-¿Cree que a alguien le va a importar que abra la puerta en un sitio no habilitado? Todos deben estar preocupados del accidente ahora, sólo abra la puerta – agregó Apolo, con un tono imperativo que no parecía para nada vinculado con su profesión. A veces solía perder la paciencia demasiado rápido…

La puerta estaba abierta. Bajó. La congestión vehicular era insoportable, unos carabineros hacían circular a los vehículos por vías alternativas, pero el proceso era muy lento y casi imperceptible. Apolo, cegado por una necesidad extraña de enterarse qué es lo que había sucedido, caminó decidido pero preocupado hacia el lugar donde había ocurrido el accidente. Era un atropello. Otro niño había sido atropellado, no había necesitado verlo para intuirlo desde la lejanía. No podía acercarse, no debía, pero lo hizo. Lo detuvieron, sin importar que dijera que conocía a la víctima. Vio el uniforme que tenía, la mochila, la sangre. “Es Matías, es Matías” decía sin oírse, el ruido era insoportable. Tan insoportable. No pudo adelantarse a su propio derrumbe emocional, sucumbió ante la impotencia de la situación cruel que estaba evidenciando.
-¿¡Por qué está en el suelo!? ¿¡Por qué no ha llegado la ambulancia!? – preguntaba a gritos Apolo, lleno de una combinación de ira con fracaso en su sangre. Fracaso por sobre todo.
-Ya viene en camino ya. Viene en camino. – Respondió uno de los sujetos que lo sujetaba con fuerza para que no se acercara.
-¡Soy su psicólogo! ¡Soy su psicólogo! Es intento de suicidio ¡Lo sé, lo sé!– decía en voz alta, para hacerse oír. Pero nadie parecía prestarle atención a sus palabras. Apolo se quedó observando con espanto la figura caída, atado a su imposibilidad de acción. Reconocía con dolor que el niño estaba solo en esos momentos, justo cuando necesitaba a alguien a su lado que le tomara la mano para dejarlo sentir que seguía con vida.

09/09/08

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